Oct
11

El silencio de los invisibles

En el libro “Juan P. Ramos, Historia de la Instrucción Pública en la República
Argentina” (1810-1910) se cita: “En uno de los Libros Capitulares del antiguo Cabildo
catamarqueño (de comienzos del siglo XIX) consta que Ambrosio Millicay, mulato del maestro de campo Nieva y Castillo, fue penado con veinticinco azotes, que le fueron dados en la plaza pública por haberse descubierto que sabía leer y escribir”
. Esto sucedió en 1819 en la que actualmente es nuestra Provincia de Catamarca. Si tomamos como referencia la fecha del 25 de mayo de 1810, estaríamos en uno de los momentos fundantes de la exclusión educativa.

Actualmente todos los documentos emitidos por el Consejo Federal de Educación y por la Dirección General de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires marcan fuertemente la necesidad de incluir a niños, jóvenes y adultos en la educación y la escuela.
Increíblemente llegamos a un tiempo en el que se nos debe recordar y hasta exigir la necesidad de hacer del servicio escolar un lugar para Todos. En este sentido no todo pasado fue mejor. Se suceden las situaciones desde donde iniciar el análisis para considerar la necesidad de revisar y ampliar el concepto de inclusión. En un tiempo donde se resignifican las palabras y los conceptos necesariamente debemos ir mas allá de la simple idea de “estar en la escuela”. En el mejor de los casos sería preferible animarse a historiar un poco la evolución del concepto.

En esta ocasión les propongo reflexionar a partir de cuatro situaciones. Al caso de Ambrosio Millicay debemos agregar el de los inmigrantes llegados a esta parte del mundo entre fines del siglo XIX y principios del XX, los contenidos de los libros de texto escolar y las efemérides.

Tanos, gallegos, rusos, turcos y demás se encontraron con un formato escolar excluyente. El paso por la escuela debía ser el lugar donde se aprendía a “ser argentino”. Esto  equivalía a olvidarse o borrar todo lo que fuera parte de sus lugares y sus tradiciones: canciones, bailes típicos, costumbres, idiomas, dialectos, héroes nacionales, juegos, literatura, etc. Este tipo de prácticas se resguardaron en las sociedades patrias, clubs y demás asociaciones donde se continuaba recordando las tradiciones nacionales de cada grupo. Incluso en algunos casos frente a la nulidad curricular oficial, con relación a la educación sexual, en estas sociedades y agrupaciones se enseñaban contenidos relativos al tema para niñas y adolescentes. Algo verdaderamente novedoso para la época en una sociedad apegada a una moral victoriana.
La escuela pública y sus dispositivos laicos operaban instalando en la diversidad formatos de homogeneidad.

La sociología del currículum desde los años ´80 del siglo XX se ha dedicado a analizar de qué manera los contenidos escolares son la consecuencia de arbitrarias e intencionadas selecciones. Algunos libros y manuales como: “El Catecismo Cristiano”, durante la colonia; “La razón de mi vida” de los primeros gobiernos de J.D. Perón o la exclusión de “El principito” durante la última dictadura militar por encontrarse que en sus páginas habían ideas que incentivaban la libertad. Forman parte de la historia de la educación por sus inclusiones, exclusiones u omisiones de todo aquello que no se ajustara al statu quo. Los contenidos se abordan desde los dominadores y no desde los dominados. Así han quedado en el tintero: las culturas originarias, las nuevas sexualidades, los movimientos feministas, la raza negra y sus padecimientos, los desocupados, la pobreza y los desaparecidos políticos. Por ejemplo, resulta parcial y provisorio abordar los problemas de género desde la versión masculina. Sería preferible trabajar el tema desde las involucradas en la cuestión.
Por último las efemérides, comúnmente denominadas “actos escolares”, constituyen otro de los espacios desde donde se recrea la exclusión. Denominaciones como “Día de la Raza” indican el sentido de reconocer a los europeos: blancos y rubios, como “la raza” que descubrió esta parte del mundo omitiendo la existencia de culturas originarias con sus propias prácticas culturales, religiosas y educativas preexistentes a la llegada del europeo.

Como apreciamos, la exclusión tiene una historia y varias facetas.
“Estar en la escuela” es la primera parte de la inclusión.
Necesariamente se debe complementar con otros aspectos que permitan “darle voz a los invisibles” para que a la larga o a la corta no terminen excluidos.

 

Asesora:
Enrique Osvaldo Videla Dicalbo
Prof. Lic. en Cs. de la Educación
Especialista en Currículum
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