May
12

Especismo

Los Animales y la Discriminación

 

“Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador”

(proverbio africano citado por Galeano – 1997)

 

En nuestra entrega anterior (Magazine Mix, Agosto, n° 50), realizamos una primera introducción a la cuestión de los Derechos de los Animales, y allí decíamos que negar el reconocimiento de esos derechos no era una cuestión vinculada a la razón sino a los prejuicios. Pero, qué prejuicios? El principal que opera aquí es el que se conoce como “especismo”. Y qué es el especismo? Un prejuicio que tiene una estructura similar al “sexismo” o al “racismo”. En efecto, así como el racismo propone imponer un trato desventajoso a ciertos individuos sólo por pertenecer a una determinada raza, religión o grupo étnico, el especismo impone un desfavorecimiento de los individuos que no pertenecen a una determinada especie.

Cabe aclarar que el especismo puede tener, como mínimo, dos vertientes. Así, decimos que estamos en presencia de un especismo antropocéntrico cuando se postula que el humano es, y debe ser, el centro de todas las justificaciones morales, y por ello superior a todas las especies; y existe, si se quiere, un especismo a secas, cuando proponemos que determinadas especies animales (perros y gatos, por ejemplo), merecen un trato más privilegiado que el que se le suele otorgar a otras especies (vacas, cerdos, corderos, etc.).

 

Es claro que vivimos en una cultura en que ambas formas de especismo conviven, como si formaran parte del ADN humano. Son discriminaciones que aceptamos, admitimos y hasta promovemos sin cuestionarnos; jamás nos hemos detenido a pensar en base a qué razones el ser humano gozaría de ciertos privilegios frente las demás especies integrantes del reino animal.

 

Hay una explicación muy sencilla para ello. Volviendo sobre nuestros dichos iniciales y utilizando nuevamente el parangón existente con el sexismo y el racismo, estas formas de discriminación arbitrarias se sostienen en diferencias o características fácil y empíricamente demostrables. En efecto, la pertenencia a una comunidad étnica, racial, religiosa o sexual es fácilmente demostrable: nadie negaría que una persona de raza negra es negra, así como nadie negaría que una mujer es mujer. Lo que ocurre es que esas diferencias, aunque demostrables, carecen de relevancia para sostener que un determinado género o raza deba estar sometida al trato desventajoso que otro grupo le imponga. Sostener lo contrario nos conduciría, por ejemplo, al nazismo.

 

Incluso yendo más lejos, si lográramos demostrar que los hombres son más inteligentes que las mujeres, o que los blancos son superiores a los negros, ello no permitiría menospreciar su dignidad, negarle sus derechos esenciales, o utilizarlos como medios para los fines del “grupo superior”.

 

La ideología de los derechos humanos viene por este camino, se ha construido un concepto de dignidad inherente a la personalidad jurídica que nadie puede avasallar, una barrera que ni los Estados ni las leyes pueden quebrar. Hoy, hemos llegado a un grado de evolución tal que nos permite decir que los derechos más elementales que tenemos no están vinculados a la inteligencia, a la indemostrable portación de alma, a la capacidad de utilizar un lenguaje complejo o cualquier otra característica. Los derechos humanos nos protegen del sufrimiento o padecimiento injusto, no importa si tenemos capacidad de hablar, mayoría de edad, enfermedades mentales incurables, etc. Importa que podemos sufrir y vivir el sufrimiento como una experiencia individual y, eso, es lo único que importa.

 

Este razonamiento, tan humanista, tan claro y tan prolijo, entra en franca contradicción cuando constatamos que la capacidad que experimentar el dolor y el placer como experiencias individuales es algo que compartimos con otros integrantes del reino animal; de hecho, todos los individuos dotados de sistema nervioso central tenemos esa posibilidad y está claro, entonces, que el universo de seres portadores de sistema nervioso central va mucho más allá de la especie humana.

 

Dicho esto, sólo podemos llegar a una conclusión: los humanos no son los únicos acreedores de un respeto innato. Si hasta ahora ha sido así es porque, en base a la fuerza y argumentos de facto, hemos impuesto injustificadamente a otros seres un trato desventajoso y arbitrariamente discriminatorio.

No somos los únicos portadores de derechos, pero somos los cazadores que se aprovechan de la circunstancia de que los leones carezcan de sus propios historiadores.

 

Asesora:
Dra. Susana Dascalaky / Dr. Gerardo Biglia
Abogados Animalistas
C.P.C.A.
www.cpca.org.ar