Jun
13

Mujeres en la mediana edad

La mediana edad es un periodo de la vida que no está delimitado por hechos demarcatorios claves en su comienzo ni en su declinación, se inicia entre los 35/40 años y se extiende hasta los 50/55 años. Es la época en que la mayoría de las personas han encontrado el modo de subsistencia propio y el de su familia y el momento en el cual, habiendo terminado la crianza y cuidado de los hijos, esta actividad suele suplantarse por el cuidado y la preocupación por sus propios padres.

Para aquella gente que ha adquirido un adecuado nivel socioeconómico que le brinda seguridad y que mantiene un buen estado de salud, esta época puede ser sentida como la “flor de la vida”, es la época de la autorrealización y de la gratificación. La experiencia acumulada y las condiciones estabilizadas en las relaciones interpersonales hacen que, en general, les resulte fácil responder a las demandas del entorno.
Para otras personas, la mediana edad se constituye en una suerte de refugio, dado que se han adaptado a un entorno limitado y su ajuste a las actividades de la vida cotidiana se reduce a una rutina regular, lo que les proporciona sentimiento de seguridad.
Pero para toda la gente sin excepción, esta es la época que marca el paso inexorable hacia la vejez, y por lo tanto lo que se podría denominar un buen o mal envejecer está contenido en este pasaje.

Se producirá un cambio en la percepción del paso del tiempo, habitualmente a partir de reencontrarnos con personas a quienes habíamos dejado de ver. Se empieza a pensar el tiempo más en función de lo que falta por vivir que de lo que ha trascurrido desde el nacimiento. Aparece la toma de conciencia de que el tiempo es finito. Todo esto produce situaciones conflictivas que si no son suficientemente elaboradas suelen acarrear severos desajustes en la conducta, dando lugar a complicaciones en las relaciones matrimoniales o laborales, en la búsqueda de placer, en la forma de vestir, en los hábitos cotidianos.
Es el momento en que los cambios de los patrones vitales muestran que los hijos crecen, los propios padres envejecen y mueren. A su vez la desaparición de pares y amigos hace que la muerte se convierta en una posibilidad real para uno mismo.

Las dos características anteriores están asentadas sobre otro fenómeno más general, que parece determinarlos y que es el incremento de la interioridad. La preocupación por el mundo interno se intensifica, la disponibilidad para distribuir actividades y afectos en las personas del entorno se reducen.
Al llegar a la mediana edad las mujeres sienten que sus áreas de poder van declinando, ya que sus roles de género femenino predominantes como madres – esposas – amas de casa, en el ámbito privado del hogar, dejan de tener el sentido que tenían anteriormente.
Suelen surgir dos preguntas ¿Y ahora qué? ¿Y esto es todo? Estas dos preguntas están íntimamente relacionadas con un sentimiento de injusticia sobre lo que ellas sienten que han hecho consigo mismas a lo largo de su vida, como de lo que les han hecho.

Pueden percibir su situación de cambio poniendo énfasis en aquello que se pierde:

1. El cuerpo juvenil: las mujeres se enfrentan ante el conflicto de cambio en su imagen corporal como uno de los determinantes claves del sentimiento de pérdida. Las arrugas, la flaccidez, la pérdida del tono muscular, son transformaciones que son interpretadas subjetivamente como de pérdida de un estado corporal anterior. A estas primeras percepciones las mujeres suelen agregar el registro de los cambios hormonales, asociados con la pérdida de la capacidad de procreación.

2. Los padres juveniles: las mujeres se enfrentan con la realidad del envejecimiento y la muerte de uno o ambos padres. Es el momento de resignificar los vínculos conflictivos padecidos con ellos. La frase clave que suelen enunciar es “yo no quiero ser como mi madre”. 

3. Los deseos juveniles: son muchas las mujeres que han gestado ideales relativos a su desarrollo personal que transcienden los límites del ámbito privado de la familia y de la pareja, ideales intelectuales, económicos, artísticos, para ser desarrollados en el ámbito público.  Los deseos se resignifican.  Los deseos de saber, el deseo de poder, son deseos que han quedado postergados y a veces sepultados en la juventud, y vuelven a adquirir mayor sentimiento al llegar a la mediana edad.

Es un periodo de elevada sensibilidad. Lo que entra en crisis es la noción que las mujeres tienen de sí mismas, con lo cual la principal tarea será redefinir su noción de sujetos. Ahora tienen disponible el tiempo y la oportunidad para reorientar sus condiciones de vida. Ya no es predominante la necesidad de satisfacer las necesidades de otros, sino que pasa a ser prioritario interrogarse sobre cuáles son los propios deseos sobre los cuales orientará su vida de allí en más.

Para algunas personas esta época puede ser sentida como la “flor de la vida”, es la época de la autorrealización y de la gratificación. La experiencia acumulada y las condiciones estabilizadas en las relaciones interpersonales hacen que les resulte fácil responder a las demandas del entorno.
Para otras, la mediana edad se constituye en una suerte de refugio, dado que se han adaptado a un entorno limitado y su ajuste a las actividades de la vida cotidiana se reduce a una rutina regular, lo que les proporciona sentimiento de seguridad.

 

Asesora:
Lic. Gisela V. Mougel
Psicóloga
Tel.: (011) 15-5011-4065