Oct
10

En busca de la escuela perdida

De mandatos y mandamases

El pasado 15 de febrero se recordaron los doscientos años del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento. Figura controvertida de la historia argentina y hombre identificado con la educación.A mediados del siglo XIX tiene oportunidad de hacer un “viaje al futuro”. Se pone en presencia de los sistemas políticos y educativos más desarrollados del mundo. Francia, Inglaterra, Prusia y Estados Unidos deslumbran al sanjuanino. La minuciosa bitácora está plagada de deseos para la naciente Argentina. Ideas para redimir por la educación al bárbaro y transmutarlo, casi alquímicamente, en civilizado.

Casi naturalmente vamos a la escuela, respetamos y aceptamos sus ritos y rituales. Pero ¿qué sentido y orígenes tiene lo que nos pasa allí?
Una primera cuestión a tener en cuenta será encontrar el sentido de existencia de lo que hoy conocemos como Escuela.
La institucionalización pedagógica de la niñez cobra sentido cuando se instala en la sociedad la noción de infancia. Estamos hablando de la Europa de los siglos XVI, XVII. Los teóricos señalan que por aquellos tiempos se empieza a observar un cambio en las curvas demográficas sociales: altos índices de natalidad y bajos de mortalidad infantil. El paisaje anterior consistía en una escasa valoración de la niñez y su atención. Su  ponderación dio paso a una serie de elementos, instituciones y ciencias que se dedicaron a atender, entender y entretener a padres y niños: Psicología, Pediatría, Pedagogía y la industria del juguete.
Por otra parte, el incipiente sistema económico capitalista de esos siglos necesitaba de la construcción de sujetos sociales funcionales.
En síntesis, podemos decir que la Escuela es la consecuencia de la necesidad de incorporar y asimilar a la gran cantidad de infantes de manera pragmática bajo un espacio particular, edilicio y normado. Es decir, educar al futuro soberano-trabajador en saberes y hábitos necesarios.
El orden y organización que observó Sarmiento en los sistemas educativos que admiró fueron el legado de lo propuesto, en el año 1632, por un checo de apellido Comenius, quien sentó las bases pedagógico-didácticas de gran parte de la escuela moderna, de las prácticas escolares que existen en la actualidad y del rol educador del estado. En un escenario pedagógico prácticamente anárquico, Comenius se preocupó por ordenar el trabajo escolar dándole al Estado la responsabilidad de sostener la educación. Propiciaba un único método para enseñar “todo a todos”. En un contexto de máxima exclusión y volatilidad espiritual abogó por la educación pública de los pobres. Efecto verdaderamente revolucionario. Entrar a la escuela era pasar del ámbito privado familiar al público escolar: del niño al alumno. Estos pasajes propiciaban un “dispositivo de alianza” (acuerdo tácito) que sólo era posible si la familia cedía al niño para ser educado por la escuela.
Lamentablemente esta “alianza” tuvo sus deformaciones, pasando a ser en muchos casos la simple delegación familiar de la autoridad a un “soberano”: el maestro. Los padres se autoexcluyen y abdican de la educación de sus hijos. En otros casos es la simple y muchas veces traumática transformación del niño en alumno.
Regresando a estas latitudes, Jorge Luis Borges decía que el mal de la Argentina era el triunfo del Martín Fierro y no del Facundo. Triunfo del gaucho inculto y prepotente sobre el caudillo legalista. Es posible que en el transcurso de esta pelea entre “civilización y barbarie” la escuela también haya quedado atrapada en algún mandato. Sarmiento sostenía que un pueblo sin educación siempre elegirá al tirano. En este sentido y en un escenario de múltiples mandamases y mandatos, sería aconsejable consultar a los padres fundadores de la educación.

 

 

Asesora:
Enrique Osvaldo Videla Dicalbo
Prof. Lic. en Cs. de la Educación
Especialista en Currículum
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